Me encuentro en el aeropuerto de Vigo, dispuesto a volver a Barcelona después de un apasionante día de trabajo. Todavía resuenan en mi cabeza, y en mi corazón, las palabras que nos dijo la madre Montserrat del Pozo, en el encuentro que tuvimos con ella el grupo de Laics Natzaret de Cataluña.

Nos habló de ser activistas, de iniciar un proceso de transformación. Para ello había que VOLAR, VIAJAR Y CONTEMPLAR… En un aeropuerto, estas palabras tienen mucho sentido, aunque el viaje que nos propuso era un viaje interior. 

VOLAR, desde nuestros espacios de seguridad interior, desde nuestra zona de confort a una nueva zona. Como el trapecista que espera el momento exacto en su zona de seguridad, para saltar hacia el trapecio que le llevará más allá. Aunque para conseguirlo, tiene que vencer el miedo, la duda y saltar al vacío, con la confianza de que encontrará el trapecio. Y le dará un nuevo apoyo y una nueva perspectiva.

Volar, subir a un avión y despegar de nuestro espacio interior para llegar a uno nuevo. No tiene por qué ser mejor o peor. Pero sin duda, que será diferente y desde esa perspectiva nuestras acciones deberían ser diferentes. Enriquecidas con nuevas perspectivas. 

VIAJAR, nos decía la m. Montserrat. Pero, ¿de Vigo a Barcelona? No, mucho más difícil. Del ego-sistema al eco-sistema. De considerarnos y creernos el centro de un sistema, a saber que somos una pieza más del sistema. Importante, pero igual que el resto de elementos de este sistema. Y nos preguntaba ¿Cómo podemos salir de nuestro egocentrismo? Y nos respondía, mirándonos con los ojos de los demás. Saliendo de uno mismo, descubriendo cómo nos miran los otros, identificando nuestra zona invisible y lo que es más difícil, exponiéndonos a Dios. Salir de viaje transgrediendo nuestra comodidad, ese espacio intangible que muchas veces limita nuestra proyección, nuestro viaje.

CONTEMPLAR, hermosa palabra y hermosas vistas las de las costas de Galicia desde el aire. Pero lo que nos decía la Madre Montserrat del Pozo, no tenía nada que ver con la comodidad de ver las rías gallegas desde la ventana del avión. Nos explicó que la contemplación no nos puede dar comodidad, que no es mirar hacia dentro y reflexionar sobre asuntos que nada tienen que ver con la vida real.

La contemplación no es para que estemos bien o tranquilos. La contemplación nos debe abrir a la ambigüedad y a la paradoja de lo desconocido y debe ser fuente de acciones creativas y generadoras de una nueva realidad. Porque la verdadera contemplación acaba en la acción. Para transformarnos en laicos proféticos y contemplativos.

Si, como dice la M. Montserrat, la primera innovación es querer a los alumnos, sin duda que la primera transformación empieza en nosotros mismos. Volando, viajando, contemplando. 

Alex Visús